EXTRACTO 2. PRIMERA PARTE.

PARTE2 copia

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El envoltorio era de papel fino, y al desdoblarlo apareció en su interior un joyero de madera forrado en cuero. Descubrió las manos de su padre en aquella manualidad, y se detuvo para apreciarla. Cuando por fin abrió la tapa, quedó perplejo. En su interior no había más que dos piedras y una nota que rezaba en grandes letras: «¿Cuál eres de las dos?» Las miró atentamente y luego las cogió entre las manos. Una era porosa y brillante, tallada en oval, ligera como una castaña. La otra, muy similar, era lisa y pulida, de forma oblonga y de un marrón tostado. Las observó con atención y se preguntó por qué debería identificarse con alguna de ellas. A lo largo de la noche las mudó de una mano a otra, trató de partirlas por la mitad, de rascarlas, olerlas y saborearlas, pero no halló la solución al problema. No se sentía ninguna de las dos piedras y tampoco veía dónde llegar con ello. Finalmente, cerca del alba y después de infinitos intentos, Yuseph se rindió. No comprendía el significado del obsequio y le parecía una pérdida de tiempo. Tenía las piedras en su mano y casi le ardían las palmas de tanto frotarlas. Tumbado en su catre, alargó la mano y las abandonó en el resquicio de la ventana; luego se olvidó de ellas. Su padre nunca le preguntó por las piedras y él lo agradeció. No quería sentirse un inepto mientras daba una explicación.

Pasaron unas semanas lluviosas y todo siguió su curso, ajeno a los terribles acontecimientos que se sucederían. Yuseph seguía trabajando en el taller día y noche, y algunos viandantes y vecinos contaron a padre e hijo los rumores que corrían enad-Dār al-Bayḍā [1] acerca de Hishâm Akil. Después de ser arrojado a la calle por no saber leer ni escribir, al parecer había comenzado un nuevo negocio por su cuenta. Pero nadie sabía de qué se trataba. Sus riquezas iban en aumento mientras que su antiguo señor, Nakeel Shah, se había arruinado completamente. Envidioso de ver cómo su antiguo siervo estaba prosperando, le había denunciado por contrabando. Sin embargo, cuando Hishâm Akil debía de atravesar el portazgo, los guardias le exploraban de arriba abajo concienzudamente, inspeccionaban su camello y los cestos de paja que cargaba, incluso su choza y los alrededores; pero a pesar de sospechar que algún fraude se estaba cometiendo ante sus propios ojos, no descubrían ningún alijo.

Por otro lado, los achaques de Adnan continuaban fustigándolo en aquellas semanas lluviosas, y sus problemas de salud se dilataban lánguidamente. Yuseph le visitaba todos los días para comprobar su estado. Por fortuna, con los nuevos remedios, la tos estaba remitiendo ligeramente. Pero contra su aprobación, Adnan se empecinaba en seguir trabajando. Yuseph sabía que asistía a las recolectas de sol a sol solo para recaudar dinero que gastar con la hija del alfarero, amontonando jarrones envueltos que se reproducían bajo la sombra de su casa.

Al cabo de un par de días sucedió algo inesperado, y es que a menudo el destino se oculta en los atajos que tomamos para evitarlo. Yuseph se despertó durante el crepúsculo con un mal presentimiento. Había vuelto a tener el mismo sueño de cada día. Desvelado, se incorporó del catre y abrió la ventana para despejarse, cuando su mirada recayó sobre las dos piedras misteriosas que había abandonado el día de su cumpleaños. Algo extraño había sucedido con una de ellas.

Tras las intensas lluvias de los últimos días, una de las piedras se había fisurado como el ojal de un botón, a través del cual germinaba un embrión diminuto e intensamente verde; mientras que la otra piedra, en cambio, permanecía intacta, seca y porosa, sin vida. Yuseph las tomó asombrado, comprendiendo por fin el significado que escondía el obsequio de su padre: una de ellas estaba viva, era una semilla, un crecimiento en potencia, joven y fresca, frutos venideros…  Mientras que la otra estaba muerta, rancia y vieja, tan compacta y endurecida como un callo, inerte y detenida en el tiempo hasta acabar en polvo.

Los pensamientos comenzaron a fraguar en él: lo vivo crecía, maduraba y se transformaba, se arriesgaba a la vida, a padecer la lluvia y el sol, a danzar bajo la intemperie. Solo lo muerto permanecía estático e impasible, y hasta el agua más pura se pudría cuando se estancaba.

Recordó entonces la pregunta de su padre: «¿Cuál eres de las dos?»  Tenía la nota sobre la mesa, escrutándole cada día, y ahora por fin tenía una respuesta. Porque él también tenía deseos de crecer, de transformarse en algo superior. Y sintió con fuerza que era una simiente, un núcleo; no quería ser una piedra inerte. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. No quería ver pasar la vida ante sus ojos como un río, sino zambullirse en ella y nadarla. No quería seguir al resto de la manada como hacían los demás. ¡Quería estar vivo!

Se asomó a la ventana radiante de alegría y gritó a pleno pulmón: 

–¡Gente de ad-Dār al-Baīḍa, sois unas piedras!

Algún rezagado a lo lejos le reprendió:

–¡Piedra será tu madre!

Yuseph reparó entonces en otro pensamiento. Volvió a meter la cabeza y se dejó caer rendido sobre una butaca, aplastado por el peso de sus responsabilidades. No podía permitirse aquellas fantasías. Ya no era un niño, tenía obligaciones con las que cumplir, un padre al que debía ayudar como buen hijo. Debía casarse con una mujer adecuada y traer hijos al mundo, y luego trabajar duro para ganar el pan. Sintió una punzada en el corazón, pero rápidamente trató de consolarse pensando que habría tanto que hacer que no podría detenerse a pensar en ello, y los años se deslizarían en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quién sabe? Quizá la verdadera felicidad se hallase ahí mismo. Debía olvidarse de todas aquellas fantasías, pensó con determinación, mientras comenzaba a sentirse pesado como el cemento, estancado e inerte, como la piedra, como cada día de su vida. Sin atreverse a reconocer que, en realidad, no eran las obligaciones, sino el miedo a la vida lo que lo tenía atrofiado.

En ese mismo instante alguien llamó a la puerta con fuerza. Yuseph se preguntó quién podía ser en aquel amanecer lluvioso, mientras encendía el candil y se acercaba para abrir la cancela. Encontró un niño calado hasta la inocencia, encogido de hombros.

–El médico me ha enviado para avisarle de que Adnan ha tenido un ataque. A media noche le subió la fiebre y ahora se encuentra muy grave.

Rápidamente, el niño dio media vuelta y se perdió tras la cortina de lluvia, chapoteando descalzo. Yuseph le siguió con la mirada, desde el umbral, totalmente paralizado. No entendía cómo Adnan había empeorado tanto desde la noche; le había visitado hace tan solo unas horas. Sin embargo, todos sus pensamientos se evaporaron cuando cerró las puertas y echó a correr hacia su casa.

CONTINUARÁ…

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[1] Casablanca, en árabe clásico الدارالبيضاء, ad-Dār al-Baīḍaʾ, «la casa blanca»; en dialecto marroquí Dar Beīḍa o Casa.

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