¿Qué es lo verdaderamente importante?

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Un relato de Sagar Prakash Khatnani publicado en YOGA JOURNAL ESPAÑA.

En ocasiones, los problemas y las responsabilidades del trabajo nos alejan de la familia, y olvidamos compartir con ellos lo único que tenemos: nuestro tiempo.

Existía en la Antigua India un muchacho ambicioso y con el firme deseo de prosperar. Se había esposado desde muy joven con una mujer cariñosa e inteligente y tenía tres hijos. A pesar de ser padre, no era más que un adolescente inquieto, incapaz de olvidar sus sueños, sus deseos de grandeza y sus anhelos más profundos que le hacían despreciar las pequeñas alegrías, los gozos familiares y los lazos con sus seres queridos. Todo ese amor le parecía dado, algo natural e inherente a su vida, nada especial. Él lo que deseaba era el oro, el poder, el honor, que su nombre quedara grabado en la Historia. ¿De qué servía su trabajo fatigoso en el campo? ¿A dónde le llevaba la monotonía indolente de los días? La vida era corta, fugaz y se estaba escurriendo entre sus manos como el agua; si no se aventuraba ahora, jamás lo haría. Un buen día tomó la férrea decisión de marcharse en busca de un futuro mejor. Prometió a su esposa enviarle dinero en cuanto estuviese en disposición de ello, sin faltar jamás a las responsabilidades para con sus hijos, pero debía “hacer lo que su corazón le decía que era correcto”. Su mujer era sabia, sabía por la determinación en sus ojos que no cejaría hasta ver cumplido su sueño. Ella lo amaba y por eso lo dejó marchar.

Nuestro muchacho se perdió, se enredó en el camino de los hombres, se arrastró por los bajos fondos y tomó algunos atajos, lentamente ascendió con trabajo y astucia, con ambición y deseo desmedido. Tanto se alejó que, poco a poco, olvidó a su familia, a su esposa y a sus hijos. Todos quedaron atrás como la nube gris de una tormenta lejana que deseara evitar. Para ser justos, siempre cumplió con su deber, les envió cuánto tenía, pues aunque ambicioso no era egoísta. Quizá por ello, no todo estaba perdido para él.

Pasaron los años y las primeras canas brotaron de sus cabellos, las arrugas surcaron su rostro como cauces sedientos y su mirada se volvió antigua y nostálgica. Lo cierto es que a pesar de tanto esfuerzo nuestro muchacho no había logrado ascender demasiado: lo habían engañado, le habían estafado y en muchas ocasiones había invertido en malos negocios o bien no había sabido materializar sus intenciones. Sea como fuere, lo cierto es que el muchacho, una vez más terminó trabajando como campesino para unthakur. Labraba la tierra de otro hombre cuando tenía la suya propia, allá lejos, en su hogar, pensaba amargamente. Pero, ¿cómo volver? Había desperdiciado su juventud y los años gloriosos de su vida corriendo tras el dinero, perdiendo lo más valioso que tenía: su tiempo. ¿Qué le diría a su esposa e hijos? Una noche, lloraba desesperado sobre una roca del camino, cuando un sadhu que pasaba por ahí lo escuchó lamentarse en la oscuridad y se acercó compadecido. Cuando el muchacho le confió el relato de su tortuosa vida, el sadhu rió con fuerza, como restando importancia a sus pesares, metió la mano en su morral y sacó de pronto un enorme zafiro azul, que destelló como una llama en mitad de la noche. “Encontré esta piedra en el camino, toma”, le dijo con alegría. “Aquí tienes todo cuánto has deseado en tu vida. Ahora ve y se feliz”. Nuestro muchacho, que ya no era tan joven, temió que se tratase de un ardid, intentó rechazarlo asustado, pero luego experimentó el aguijón de la ambición y lo tomó en sus manos con agradecimiento, incapaz de creer en su suerte.

Aquella noche, cuando volvía a su choza, estaba ardiente de deseo, vendería aquella gema por varias sacas con monedas de oro: se construiría un palacio, se codearía con grandes comerciantes, nawabs y hasta con el maharajá, dormiría con las cortesanas más hermosas y quizá hasta contrajese nuevo matrimonio. Dejaría de mirar atrás, olvidaría su antigua familia. Aquella era su oportunidad de ser feliz. Y sin embargo, se sentía vacío, jamás habría pensado que la felicidad fuese tan triste. Lo asaltaron sombríos pensamientos: ¿de qué servía vagar solo en el mundo? ¿Cuándo se había vuelto tan mezquino? Durante toda la noche estuvo dando vueltas sobre su catre, pensando una y otra vez en el sadhu. Antes del amanecer, incapaz de conciliar el sueño, se levantó para ir tras él. Recorrió las callejuelas en la oscuridad, llegó hasta las afueras del pueblo y siguió alejándose, buscándolo con desesperación. Necesitaba pedirle algo más, no le bastaba con el zafiro. Caía una ligera llovizna con olor a tierra húmeda, y en medio de la noche lo encontró: el sadhu seguía caminando hacia el horizonte. Se acercó implorándole con las dos manos: “Te lo ruego, comparte conmigo tu riqueza”. El sadhu lo miró afligido: “Te he dado todo cuánto tenía” Pero nuestro muchacho lloraba amargamente, avergonzado. “No me refiero a esta piedra”, le dijo con hondo pesar, “me refiero a la riqueza que te ha permitido desprenderte de semejante tesoro”. El sadhulo miró sonriente. Amanecía después de mucho tiempo: “Mi riqueza consiste en apreciar lo que se tiene”, le reveló. El muchacho, que ya estaba en la juventud de la vejez, despertó por fin de su largo ensueño, se levantó candoroso y cogiendo los pequeños ahorros que tenía, volvió aquel día a su hogar y pidió perdón. Su mujer le esperaba en la puerta, sabía que un día volvería, y más aún porque había sido ella quien había enviado ese sadhu para hacerle comprender la mayor lección de todas: que lo verdaderamente importante es el amor. La gema no era más que un cristal y el sadhu no más que un titiritero, pero la lección era cierta.

SAGAR PRAKASH KHATNANI
Autor del bestseller internacional Amagi,
y colaborador habitual en El País, Migrados.

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