¿Quiénes son los banghis? Por: Sagar Prakash Khatnani

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PAÍS, MIGRADOS

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Tres mujeres banghi descansan en la acera. / Sagar Prakash.

Si buscamos la palabra bangui en internet comprobaremos que apenas aparecen referencias a esta expresión vejatoria. Resulta ilustrativo, siendo como es de uso tan común y frecuente en la India. De hecho, en España apenas sabemos a qué hace referencia esta palabra maldita, que incluso se emplea como insulto, lo cual sirve para hacernos una idea de la invisibilidad a la que están sometidas sus víctimas.

Como hijo de emigrantes indios, a menudo he tenido la posibilidad de conocer de primera mano a estas personas y asistir con estupor al desprecio al que se ven sometidas por parte de la sociedad india.

Lo cierto es que la palabra banghi alude a una profesión. En Occidente, se emplean eufemismos como carroñeros manuales para hacer referencia a este trabajo de mierda, literalmente hablando, pues eso son: recogedores de excrementos. Una condena de por vida a la que están sometidos millones de dalits o intocables, que al estar fuera del sistema hinduista de castas, se ven obligados a cubrir trabajos marginales como el de curtidores del cuero -­conocidos como chamar-, jornaleros sin tierra, artesanos callejeros, artistas populares, lavanderos de ropa -conocidos como dhopis- y principalmente, poceros manuales de excrementos – conocidos como banghis-.

¿En qué consiste la profesión? Los dalit introducen las manos en las letrinas secas y recogen los excrementos ayudados de un cuenco o una espátula metálica, sin guantes o normas de prevención sanitaria, para luego trasladar la materia fecal en canastas hasta zonas deshabitadas, donde los deshechos serán devorados por las aves, perros callejeros o cerdos salvajes. La extrema pobreza les obliga a pisar las fosas sépticas con los pies descalzos, cubriéndose levemente la nariz con su propia vestimenta para soportar el hedor. Se calcula que cada día más de un millón de personas en India ejercen esta denigrante labor, y como siempre, las mujeres suelen ser las más desfavorecidas en estas cuestiones.

¿Cuánto les pagan por ello? Nada. En la mayoría de los casos reciben alguna prenda usada, cobijo, sobras de comida o una o dos chapatis que les tiran al suelo como a perros, para no tener contacto con ellos. En otros casos les prometen 100 o 150 rupias al mes (2,10 euros) que demoran de forma ladina. Incluso percibiendo un salario exiguo reciben el desprecio y la burla de la gente.

Entonces, ¿por qué ejercen esta labor? Porque están obligados por su condición social y económica. No tienen escapatoria. El estigma de ser intocables les dificulta el acceso a nuevos puestos de trabajo, padecen el rechazo de la comunidad, reciben  amenazas por parte de las familias a las que sirven, además de la incomprensión de la policía y los gobiernos locales ante los que denuncian los casos de acoso y violencia. La indiferencia de los medios y la complicidad de los funcionarios los avocan a la indefensión y la servidumbre. Es una injusticia hereditaria, igual que la monarquía: solo por haber nacido dalit habrán de recoger toda su vida los excrementos de castas superiores.

¿Por qué el Gobierno central no hace nada para evitarlo? Lo hace. En teoría, el sistema de castas fue oficialmente abolido por la ley constitucional india de 1950. En 1955 se promulgó La Ley de Protección de los Derechos Civiles para derogar la práctica de la intocabilidad y las discapacidades sociales que surgen contra los miembros de las castas desfavorecidas. Asimismo, el Gobierno dividió en parcelas los territorios confiscados a los maharajás y los concedió a los dalit, con la prohibición de que pudiesen venderlos, como forma de asegurarles sustento e independencia.

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Una mujer dhalit. / S. P.

En 1993, se estableció la prohibición de emplear poceros manuales, también la construcción o continuación de letrinas sin cisterna ni sellado. En 2013 y 2014, la Corte Suprema aumentó las penas existentes además de ofrecer programas de ayuda y rehabilitación a los dalit. Sin embargo, nada de ello ha resultado suficiente.

El verano pasado, una antigua vecina de Kawar Nagar (Jaipur) y hoy emigrante india en España, me explicaba que había conocido a tres generaciones de banghianis: Kamla, Maya y Niru. Tres mujeres sin voz en una India arcaica y reaccionaria. La primera falleció prematuramente. Su hija Maya, trabajó varios años para la familia hasta que enfermó de tuberculosis. No tenía dinero para sobrevivir, por lo que un día se acercó a la dueña de la casa y le rogó 500 rupias para comprar los medicamentos. ¿Cómo fiarle? La señora apenas contaba con 30 rupias mensuales para pagar los gastos de la casa, además temía pedir el dinero a sus suegros. Le dijo que no. Al escuchar aquellas palabras, el rostro de Maya se ensombreció. Había perdido su última esperanza. A los pocos meses falleció y Niru tomó el relevo. 50 años después, aquellos siete euros aún pesan en el corazón a esta emigrante. Sin embargo, soplan nuevos vientos: los hijos de Niru hoy en día van a la escuela y su marido ha encontrado trabajo en la construcción. Un caso excepcional que refleja la rápida transformación de la sociedad india.

Cuando veo algo tan escatológico y en apariencia trivial como un retrete, no puedo evitar pensar en las palabras de mi abuela sobre esa pobre gente que debió cruzar una vida de sufrimientos y penurias, malviviendo en chabolas de paja, cocinando sus alimentos con estiércol de vaca, que no conoció en la vida más que el desprecio y el rechazo, que no supo lo que es el amor, el respeto, mucho menos la oportunidad ni el libre albedrío, jamás fue reconocida por su sacrificio y no supo lo que es la satisfacción del trabajo reconocido. Es por ello que no puedo dejar de aplaudir la inventiva de algo tan imperioso e ineludible como el inodoro, los desagües, las cañerías, que han ahorrado tanto sufrimiento allá donde la escasez y la ignorancia se unen.

En 1932, desde la libertad de una celda, Gandhi acuñó el término de harijan, hijos de Dios, para referirse a los dalit, en un intento de arremeter contra el oscurantismo y la ortodoxia. Para advertir a las masas que todos somos igualmente únicos. Sin embargo, su mensaje aún no ha llegado a las aldeas, a los dormidos, a los funcionarios ni a las clases medias que miran hacia otro lado, a los influyentes actores de Bollywood o a los programas de televisión. Y de ese modo, sin educación ni recursos, nuevas palabras se emponzoñan.

Ochenta y dos años después, desde la comodidad de España, pienso en todo ello y al tirar de la cisterna, aún veo desaparecer por el alcantarillado las esperanzas y nimias ilusiones de tantos y tantos olvidados como Kamla, Maya y Niru. Tres mujeres sin voz en una India arcaica y reaccionaria.

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